sábado, 12 de septiembre de 2020

EL AIRE ENTRE NOGALES Y LOS CASTROS

 

          El aire, cuando pasa entre nogales -pongamos que camino por Carreño-, recuerda ese diciembre del antaño: la helada era promesa de la nieve, la brisa en nuestro rostro era dichosa y en todo había un halo de alegría. Las viejas navidades son memoria, y, en tiempos ancestrales, esas fiestas tenían un sentido muy distinto.

          Los duendes que conozco son paganos: adoran el color de la alborada, la luz del sol, que llega entre bostezos. Los duendes misteriosos de los bosques conocen los murmullos del arroyo y advierten que sus aguas lo confiesan: el mundo debe al aire su belleza, la vida está en el agua de las nubes y el sol despierta todo lo que duerme.

          La noche de San Juan es noche mágica: los mouros salen siempre de sus castros, los dólmenes y viejas construcciones. Parece que en San Juan son más frecuentes y tratan con viajantes y con braños, con gente dedicada al estraperlo. Los cuélebres me dicen que los duendes conocen a los mouros y a las mouras y saben dónde tienen sus secretos.

          Yo digo, en todo caso, que los duendes que corren por el bosque en que paseo sospechan nuestras viles intenciones: no es fácil resistir, si es que hay conciencia del oro que se esconde en esta parte, quizás en esta parte o tras la fronda. El bosque esconde siempre viejos castros, dormidos entre sendas y eucaliptos que callan el silencio de los siglos.

          Los duendes son paganos y algo brujos: conocen los rincones más oscuros del bosque solitario y su hojarasca. Allí no brilla el sol, ni son posibles -a costa de ser zona tan cerrada-, los cárabos que pueblan otras partes. Tal vez donde se enrosca la maraña que esconde, entre las hierbas, un secreto, custodia estas reliquias del pasado.

          Y sé del arroyuelo que discurre feliz por esta senda, a su capricho, cantando la canción que nunca cansa. Y sé de su murmullo, cuando pasa no lejos del torrente de este bosque, que quiere unir su canto al canto suyo. Y sé del manantial que los contempla, que vierte su tesoro y que se funde, callado, en la corriente de otro cauce.

          Y duendes y aquelarres en los claros no ignoran a los mouros hechiceros, ni el canto de San Juan, si es esa fecha. Y duendes y aquelarres ven las cosas que suelen reflejar, aunque tardíos, los brillos de un crepúsculo temprano. Y entonces es el cuélebre más cuélebre, los duendes son más duendes y los trasgos, los diaños y otros seres los envidian.

          Y sé que el viejo castro es el tesoro que duerme bajo el bosque y es silencio que calla para siempre, con la noche. Dejemos que nos cante la cigarra, después de que los grillos, ya cansados, suponen el verano en la derrota. Sabemos que otro otoño será bello, cantando la elegía a los astures, después de que llegaran las legiones.

          La lluvia nos musita muchas veces las cosas que sugiere en el oído que quiere sus verdades regaladas. Yo quiero sus verdades regaladas y alguna de sus muchas falsedades -la lírica reclama la mentira-. Decir mentirijillas nunca es malo: los niños las disfrutan más que nadie, y encantan a los duendes y lectores.

          La cosa no es de moros y cristianos, no hablamos de la luz de Covadonga, que trajo cristiandad y fuego y hierro. Aquellos combatientes adoraron a Aramos, a Candamio y a Beleño, si es cierto lo que cuentan los que saben. Y pienso que son páginas y páginas las páginas que leo cada día, buscando ese pasado entre la niebla.

          De pronto, se interrumpe la lectura: un trasgo viene rápido y me llama, me dice que es urgente, que me apure.

          -¿Qué ocurre? -le pregunto muy nervioso.

          -El duende misterioso está esperando.

          Ignoro lo que espera, pero espera. Después, por los lugares más extraños, el duende me lo explica con más calma: un libro no es lugar para la Historia.

          Un duende misterioso lo confirma.

 

2020 © José Ramón Muñiz Álvarez

EL AGUA DEL ARROYO CORRIÓ RAUDA

            El agua del arroyo corrió rauda, y el tiempo, como el agua del arroyo, también corrió a su gusto por el valle: los árboles la vieron, la miraron las densas hojarascas malheridas, la bella primavera cuando vino. Y entonces cantó el cuco en cada aldea, las noches escucharon, al ocaso, la voz inconfundible del silencio.

          Y vino abril, y el pájaro del agua cantó con la tristeza con que suele cantar, después del brillo del crepúsculo. Y el agua corrió rauda por el valle, y, hablando del deshielo, se hizo clara, volviéndose un espejo de los cielos. Y todos los misterios de la vida sellaron esa gruta, oscura siempre, que quiere escudriñar el que es curioso.

          Y quiero recordaros que el paisaje nos dice ese destino que ignoramos, nos viene preparando sin apuro: también somos la nieve derretida que corre, como el agua, hacia los mares que llenan las estancias de la nada. En tanto, serán todos estos bosques la vida que nos dieron, un capítulo que brilla y que se apaga en un momento.

          Por eso, en el helecho, entre las zarzas, tal vez en los maizales de la zona, quizás entre eucaliptos, lo comprendo: son estos episodios que vivimos como un torrente mágico que muere, que seca, si se acaba la corriente. Y pienso en esa patria cuya lluvia nos habla de la vida y se hace vida: Asturias nos regala lo que somos.

          Y somos el helecho y los castaños tupidos del otoño moribundo que duerme ya en las horas del diciembre. También somos manzana en el verano y el agrio del sabor de la manzana que debe madurar sin tener prisa. De todos modos, somos lo que somos, y somos como el viento que se esconde, vivimos como el ave que se esconde.

          Diréis que los autillos, en la noche, se esconden como el sapo cuyo canto parece al del autillo en nuestros bosques. Diréis que los autillos se asemejan también a los cuclillos de la tarde, si cantan los cuclillos a la tarde. Diréis que los arroyos también cantan, que son como esa brisa que no cesa, que roza los follajes que los árboles.

          Y yo, con mi paciencia, sé deciros que somos ese bosque y ese arroyo, palabras que se van a la deriva. Nosotros, alma triste, cuando llueve, bebemos en la lluvia nuestra vida, fundimos nuestro ser con la arboleda. Y somos puro bosque entre las fuentes que escuchan a los trenes que se acercan y espantan estas calmas inviolables.

          ¿No veis que las ardillas asustadas se lanzan a las ramas presurosas, oyendo los chirridos de las vías? Y el tren tiene algo mágico, entre tanto: también está su vida en nuestras vidas, también todo confluye en esa vida. El agua de la lluvia nos saluda, nos hablan en el barro los coprinos, la escarcha nos avisa de la nieve.

          Y hay algo en nuestra infancia que pervive, que dice lo que somos, lo que fuimos, aquello que seremos, pese a todo. Y hay algo que nos llena de alegría, si vamos caminando entre los troncos y vemos en los musgos humedades. Y poco importa ya que nos muramos: tener durante un tiempo el principado de todo este dominio es algo bello.

          Y somos como aquella enredadera, vivimos como el monte y el helecho, que saben respirar a cada instante. Y hay algo que palpita en lo que hacemos, y vive la emoción en nuestro espíritu, y amamos al espíritu que vive. Y somos con los árboles los árboles que dicen la verdad de lo que sienten, que sienten la verdad de lo que dicen.

          Por eso estas palabras son poesías, engaños y mentiras para todos o ciencia indiscutible en los que viven. Vosotros, que estáis vivos, sois los árboles que miran a la araña, cuando teje, que vieron al raitán en pleno vuelo. Y yo, que voy diciendo lo que siento, pronuncio mi locura sin temores en estos bosques propios de la vida.

          Un duende misterioso me lo dijo.

 

2020 © José Ramón Muñiz Álvarez

 Del libro Los bosques de los duendes misteriosos

EL AIRE ENTRE NOGALES Y LOS CASTROS

            El aire, cuando pasa entre nogales -pongamos que camino por Carreño-, recuerda ese diciembre del antaño: la helada era promesa d...